El guionista dejó claro que no quería que la historia fuera perfecta. Un desenlace ideal habría sido enfrentarse a la selección que lo buscó en el estadio donde una vez dudó de su lugar en la selección. Afortunadamente, reconsideró esa posibilidad. Sin embargo, no era realista pensar en un camino sin tropiezos, dado lo mucho que había aprendido de las derrotas y cómo éstas lo llevaron a ser un maestro del juego. El fútbol, en su esencia, es para los niños. No se les debe exigir el talento de Messi; sería una presión irracional. Pero sí se les puede enseñar que si el mejor jugador que han visto se reponía una y otra vez, tienen la responsabilidad de hacer lo mismo en cualquier esfuerzo que asuman.
Hasta los 35 años, había anotado 6 goles en Copas del Mundo. A los 39, su registro se elevó a 21. En algún punto, Kylian Mbappé lo superó, y lo hizo antes de lo esperado. Sin embargo, esta cifra no representaba su mayor interés. Lo que realmente le importa es haber alcanzado el récord de ser el mayor asistente en la historia del torneo, lo que refleja su evolución: pasó de ser un excepcional driblador a un formidable goleador, y luego a un brillante pasador, todo sin sacrificar nada. Lo que realmente deseaba era un último triunfo, un anhelo que lo acompañó a lo largo de su carrera. Con la derrota en el cuerpo, se sentó en el campo, mostrándose satisfecho a pesar de la decepción. Tras recibir la medalla, lideró a sus compañeros para enfrentar al público. No fue el mismo gesto de siempre; el desconsuelo había marcado ese momento. Y con él, también nos afectó a todos.
Sólo él sabrá si su llanto era fruto del dolor por una final perdida o si, al aferrarse a la continuidad de la selección, dio cuenta de que estaba llegando a su final. La noción de dolor dulce podría encajar en este tipo de despedidas. Finalmente, cuando llegue ese momento, tanto Messi como la selección sentirán su ausencia. El hecho de que haya prolongado su ciclo y que su despedida sea gradual no hace más que suavizar ese sentimiento. La etapa post-Messi genera incomodidad y, en cierta medida, desmotivación. La selección ya ha superado la ausencia de un genio, pero enfrentar un nuevo comienzo será un desafío. Hoy, eso parece un reto inmenso. La permanencia y la felicidad nunca son eternas.
Raramente se elegiría a un jugador de la MLS como el mejor del mundo. Sin embargo, con la camiseta de la selección, Messi siguió demostrando su grandeza. Su segunda piel se ha convertido en su capa más poderosa. En los últimos años, ha mantenido una actitud siempre animada y agradecida. En planteles anteriores, había más compañeros de su generación. En esta ocasión, encontró un equilibrio. Aquellos que lo admiraban de niños brindaron su apoyo, mientras su liderazgo floreció de manera natural, sin pretensiones, basado en acciones más que en palabras. Se ha dicho que sus compañeros más cercanos lo han bajado del póster para ponerlo en un portarretratos. Los más jóvenes lo ven como un símbolo a seguir. Su presencia inspiró a los llamados ‘europibes’, como Nico Paz, quien, orgulloso de formar parte de la selección, parece haber vivido toda su infancia y adolescencia en Argentina.
La jornada del capitán culminó en el control antidoping. Nuevamente solo, procesó su frustración. La derrota requiere su propio tiempo de duelo. Y así concluyó el día, al menos de cara al público, encabezando la fila de jugadores dirección al micro. Siempre al frente. Ya fuera por el cansancio o la presión del rival, el seleccionado no estuvo a la altura en esta final. No obstante, el ciclo de Messi sigue intacto. España fue merecida ganadora, habiendo superado al principal desafiante y al campeón. Cualquiera podría argumentar que nunca se había observado tal diferencia en el rendimiento de los finalistas, obviando los primeros 75 minutos de la final anterior. Hacia el final, Messi todavía tuvo algunas oportunidades, mientras que la selección de pasadores intentó sus últimos centros en un intento de alcanzar un milagro. Sin embargo, no había espacio para esa hazaña. En este Mundial, su capacidad de emocionar alcanzó niveles máximos; a su edad, el milagro se llamó Lionel Messi.
Hasta los 35 años, había anotado 6 goles en Copas del Mundo. A los 39, su registro se elevó a 21. En algún punto, Kylian Mbappé lo superó, y lo hizo antes de lo esperado. Sin embargo, esta cifra no representaba su mayor interés. Lo que realmente le importa es haber alcanzado el récord de ser el mayor asistente en la historia del torneo, lo que refleja su evolución: pasó de ser un excepcional driblador a un formidable goleador, y luego a un brillante pasador, todo sin sacrificar nada. Lo que realmente deseaba era un último triunfo, un anhelo que lo acompañó a lo largo de su carrera. Con la derrota en el cuerpo, se sentó en el campo, mostrándose satisfecho a pesar de la decepción. Tras recibir la medalla, lideró a sus compañeros para enfrentar al público. No fue el mismo gesto de siempre; el desconsuelo había marcado ese momento. Y con él, también nos afectó a todos.
Sólo él sabrá si su llanto era fruto del dolor por una final perdida o si, al aferrarse a la continuidad de la selección, dio cuenta de que estaba llegando a su final. La noción de dolor dulce podría encajar en este tipo de despedidas. Finalmente, cuando llegue ese momento, tanto Messi como la selección sentirán su ausencia. El hecho de que haya prolongado su ciclo y que su despedida sea gradual no hace más que suavizar ese sentimiento. La etapa post-Messi genera incomodidad y, en cierta medida, desmotivación. La selección ya ha superado la ausencia de un genio, pero enfrentar un nuevo comienzo será un desafío. Hoy, eso parece un reto inmenso. La permanencia y la felicidad nunca son eternas.
Raramente se elegiría a un jugador de la MLS como el mejor del mundo. Sin embargo, con la camiseta de la selección, Messi siguió demostrando su grandeza. Su segunda piel se ha convertido en su capa más poderosa. En los últimos años, ha mantenido una actitud siempre animada y agradecida. En planteles anteriores, había más compañeros de su generación. En esta ocasión, encontró un equilibrio. Aquellos que lo admiraban de niños brindaron su apoyo, mientras su liderazgo floreció de manera natural, sin pretensiones, basado en acciones más que en palabras. Se ha dicho que sus compañeros más cercanos lo han bajado del póster para ponerlo en un portarretratos. Los más jóvenes lo ven como un símbolo a seguir. Su presencia inspiró a los llamados ‘europibes’, como Nico Paz, quien, orgulloso de formar parte de la selección, parece haber vivido toda su infancia y adolescencia en Argentina.
La jornada del capitán culminó en el control antidoping. Nuevamente solo, procesó su frustración. La derrota requiere su propio tiempo de duelo. Y así concluyó el día, al menos de cara al público, encabezando la fila de jugadores dirección al micro. Siempre al frente. Ya fuera por el cansancio o la presión del rival, el seleccionado no estuvo a la altura en esta final. No obstante, el ciclo de Messi sigue intacto. España fue merecida ganadora, habiendo superado al principal desafiante y al campeón. Cualquiera podría argumentar que nunca se había observado tal diferencia en el rendimiento de los finalistas, obviando los primeros 75 minutos de la final anterior. Hacia el final, Messi todavía tuvo algunas oportunidades, mientras que la selección de pasadores intentó sus últimos centros en un intento de alcanzar un milagro. Sin embargo, no había espacio para esa hazaña. En este Mundial, su capacidad de emocionar alcanzó niveles máximos; a su edad, el milagro se llamó Lionel Messi.









