El 18 de julio marca un punto de inflexión que no se borra con el paso del tiempo. A las 9.53 de aquella mañana de 1994, no solo se destruyó un edificio en la calle Pasteur, sino que se fracturó la fe de los argentinos en que algún día se haría justicia.
En un año en que el país aún debatía la final del Mundial de Estados Unidos entre Brasil e Italia, la tragedia se convirtió en la peor experiencia terrorista de su historia al día siguiente.
A medida que el mundo vuelve su mirada hacia el Mundial de 2026, que se celebrará nuevamente en Estados Unidos, México y Canadá, el 18 de julio nos invita a reflexionar.
Mientras millones conversan sobre fútbol, la sociedad argentina y global tiene el deber moral de hacer una pausa y recordar que 85 personas esperan justicia desde entonces.
Lionel Messi solo tenía 7 años cuando Sebastián Barreiro, de apenas 5, fue víctima del atentado a la AMIA. En tanto que el futbolista se consolidó como un campeón del mundo, acumulando ocho Balones de Oro y dejando su huella en el deporte, la vida de Sebastián permanece estancada en aquel fatídico día de 1994.
Treinta y dos años más tarde, la verdad y la justicia aún son ajenas a la vida de Barreiro.
Se han llevado a cabo homenajes, sonaron sirenas, se hicieron lecturas de los nombres de las víctimas, se encendieron velas y, mientras algunos familiares envejecen aguardando respuestas, otros ya no están.
Mientras tanto, funcionarios han prometido avances que nunca se concretan y los gobiernos han pasado sin poder cerrar esta herida profunda.
Este año, miles se reunirán nuevamente para honrar a las 85 víctimas. En el evento participarán dirigentes, periodistas, referentes comunitarios, funcionarios, artistas y ciudadanos, todos unidos por un mismo anhelo: Justicia.
Sin embargo, persiste una pregunta incómoda y necesaria: ¿cómo es posible que una democracia conviva durante 32 años con el mayor atentado terrorista de su historia sin que haya un solo condenado?
Este aniversario, por lo tanto, se enmarca en un contexto distinto. El atentado a la AMIA ya no es solo una herida abierta en la historia argentina. Se recuerda en un momento donde el antisemitismo ha resurgido con alarmante intensidad, donde discursos de odio circulan con facilidad y donde, tras el 7 de octubre de 2023, muchos han optado por justificar el terrorismo en lugar de condenarlo.
Por ello, la memoria debe ir acompañada de un compromiso activo. El antisemitismo no comienza con una explosión; arranca cuando se relativiza el odio, cuando se elige ignorar o cuando se justifica la violencia dependiendo de quién sea la víctima.
El atentado a la AMIA no es solo parte del pasado. Está presente hoy, ya que la impunidad se mantiene y el antisemitismo prevalece.
Recordar es fundamental. Sin memoria, no hay identidad. Pero la memoria por sí sola no es suficiente. Conmemorar no sustituye la justicia. Los homenajes son significativos, pero no pueden ocultar la cruda realidad: a 32 años, las familias siguen aguardando lo que esperaban en 1994.
Esa espera ha trascendido generaciones y Mundiales. La justicia tardía se convierte en una forma de injusticia. Por lo tanto, cada aniversario no debería evaluarse por la cantidad de asistentes a un acto o el impacto de un discurso, sino por una sola pregunta: ¿estamos hoy más cerca de la verdad que hace un año? O, mejor dicho: ¿estamos más cerca que hace 32 años?
Mientras la respuesta siga siendo negativa, el reclamo persistirá. La memoria no puede ser un simple ejercicio de calendario, debe ser un compromiso diario. Treinta y dos años después, el verdadero desafío ya no es solo recordar. La FIFA ha otorgado ocho Copas del Mundo. La Justicia argentina, en cambio, aún no ha podido presentar una sola condena.
En un año en que el país aún debatía la final del Mundial de Estados Unidos entre Brasil e Italia, la tragedia se convirtió en la peor experiencia terrorista de su historia al día siguiente.
A medida que el mundo vuelve su mirada hacia el Mundial de 2026, que se celebrará nuevamente en Estados Unidos, México y Canadá, el 18 de julio nos invita a reflexionar.
Mientras millones conversan sobre fútbol, la sociedad argentina y global tiene el deber moral de hacer una pausa y recordar que 85 personas esperan justicia desde entonces.
Lionel Messi solo tenía 7 años cuando Sebastián Barreiro, de apenas 5, fue víctima del atentado a la AMIA. En tanto que el futbolista se consolidó como un campeón del mundo, acumulando ocho Balones de Oro y dejando su huella en el deporte, la vida de Sebastián permanece estancada en aquel fatídico día de 1994.
Treinta y dos años más tarde, la verdad y la justicia aún son ajenas a la vida de Barreiro.
Se han llevado a cabo homenajes, sonaron sirenas, se hicieron lecturas de los nombres de las víctimas, se encendieron velas y, mientras algunos familiares envejecen aguardando respuestas, otros ya no están.
Mientras tanto, funcionarios han prometido avances que nunca se concretan y los gobiernos han pasado sin poder cerrar esta herida profunda.
Este año, miles se reunirán nuevamente para honrar a las 85 víctimas. En el evento participarán dirigentes, periodistas, referentes comunitarios, funcionarios, artistas y ciudadanos, todos unidos por un mismo anhelo: Justicia.
Sin embargo, persiste una pregunta incómoda y necesaria: ¿cómo es posible que una democracia conviva durante 32 años con el mayor atentado terrorista de su historia sin que haya un solo condenado?
Este aniversario, por lo tanto, se enmarca en un contexto distinto. El atentado a la AMIA ya no es solo una herida abierta en la historia argentina. Se recuerda en un momento donde el antisemitismo ha resurgido con alarmante intensidad, donde discursos de odio circulan con facilidad y donde, tras el 7 de octubre de 2023, muchos han optado por justificar el terrorismo en lugar de condenarlo.
Por ello, la memoria debe ir acompañada de un compromiso activo. El antisemitismo no comienza con una explosión; arranca cuando se relativiza el odio, cuando se elige ignorar o cuando se justifica la violencia dependiendo de quién sea la víctima.
El atentado a la AMIA no es solo parte del pasado. Está presente hoy, ya que la impunidad se mantiene y el antisemitismo prevalece.
Recordar es fundamental. Sin memoria, no hay identidad. Pero la memoria por sí sola no es suficiente. Conmemorar no sustituye la justicia. Los homenajes son significativos, pero no pueden ocultar la cruda realidad: a 32 años, las familias siguen aguardando lo que esperaban en 1994.
Esa espera ha trascendido generaciones y Mundiales. La justicia tardía se convierte en una forma de injusticia. Por lo tanto, cada aniversario no debería evaluarse por la cantidad de asistentes a un acto o el impacto de un discurso, sino por una sola pregunta: ¿estamos hoy más cerca de la verdad que hace un año? O, mejor dicho: ¿estamos más cerca que hace 32 años?
Mientras la respuesta siga siendo negativa, el reclamo persistirá. La memoria no puede ser un simple ejercicio de calendario, debe ser un compromiso diario. Treinta y dos años después, el verdadero desafío ya no es solo recordar. La FIFA ha otorgado ocho Copas del Mundo. La Justicia argentina, en cambio, aún no ha podido presentar una sola condena.









