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Cocina de segunda oportunidad: un ex futbolista se reinventa como chef de culto

18 agosto, 2026
in Deportes
Cocina de segunda oportunidad: un ex futbolista se reinventa como chef de culto
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La vida tiene maneras insólitas de sorprender, al igual que el fútbol, ese dios esquivo hecho de cuero y barro. Marcelo Espósito, quien comenzó su trayectoria futbolística en el emblemático club Parque y posteriormente en All Boys, creía que su talento y esfuerzo lo llevarían al éxito. Sin embargo, tras un retiro prematuro que le dejó un profundo desengaño, el destino encontró una forma peculiar de acercarlo a la notoriedad que nunca imaginó.
Recordando sus comienzos, Espósito rememora una divertida anécdota: “Fue cuando cocinaba en la casa de mi mamá y salía a vender. Encontré una oferta de tapa de asado en el supermercado y me dije ‘vamos a vender carne’. Puse en la fuente una base de cebolla cortada, la tapita de asado arriba, la metí en el horno y me fui a jugar un partido. Hice el cálculo y pensé: ‘En una hora y media, a más tardar, estoy de vuelta’. Pero después del partido nos quedamos charlando, tomando una gaseosa y me acordé: ‘¡La carne en el horno!’. Volví corriendo con la idea de que me iba a encontrar un carbón. Habían pasado como cuatro horas. Cuando abrí la puerta del horno, pinché la carne y… Era una manteca. Con el jugo de la cebolla había quedado espectacular”.
Desde ese momento, Espósito se autodenominó “el rey de la carne al horno”, un título que ha ido más allá de ser un simple eslogan. Su popular receta se ha convertido en un símbolo que lo ha consagrado como un cocinero de culto. Su bodegón, ubicado en la zona de Floresta, recibe desde hace más de 20 años una constante afluencia de fieles seguidores, que incluyen a celebridades del fútbol como el Changuito Zeballos, Cristian Traverso, el Puma Gigliotti, el querido Miguel Ángel Russo o incluso la selección argentina de futsal.
Antes de destacar en la cocina, Espósito había sido una promesa en el ámbito futbolístico. Basta recordar que, a la edad de 13 años, una icónica revista lo presentaba como “el futuro Marangoni”, en referencia al elegante volante central de Independiente y San Lorenzo. Espósito empezó a destacarse en el fútbol infantil, siendo dirigido por Ramón Maddoni en Parque, conocido por ser la cuna de grandes figuras como Fernando Redondo y Esteban Cambiasso. En su categoría, sobresalía un arquero llamado Luciano Castro, que más tarde se transformaría en un conocido actor. En su camino cercano, un año menor, emergía Nicolás Diez, actualmente entrenador de Argentinos Juniors.
Espósito fue defensor en el fútbol infantil y, al avanzar hacia categorías mayores, cambió al mediocampo. De Parque se trasladó al club El Alba, que era un semillero que proveía valiosos talentos a All Boys, abriendo puertas a su futuro. “Tenía condiciones, pero era calentón. Entraba en todas. Después, cuando pasé a ser central, era ordenado, completo”, se describe a sí mismo. Durante su trayectoria en la Reserva, fue compañero de varios jugadores que luego alcanzaron la alta competencia, como los hermanos D’Amico y el ex Boca Martín Andrizzi. Sus entrenamientos con la Primera División lo hicieron medirse con futbolistas como el Beto Pascutti y Julián Maidana, bajo la dirección de Ángel Mamberto.
Ese crecimiento le permitió ser convocado a la selección argentina Sub 17, que se entrenaba bajo la dirección de Roberto Mariani en Deportivo Español, en un contexto donde era poco usual que un jugador de un equipo del Ascenso fuera llamado a las selecciones juveniles. Sin embargo, al parecer cuando estaba más cerca de alcanzar la élite, varios problemas personales comenzaron a surgir. Espósito admite: “Empecé a no cuidarme, a no descansar, era un pibe rebelde. Y nadie me supo ubicar. A los 15, por ahí el cuerpo me aguantaba para salir de noche y pegarle de largo a un entrenamiento o un partido, pero después te pasa factura. Me juntaba con gente con la que no me tenía que juntar… Tuve un tema de consumo. Si no tenés constancia y no tenés los pies sobre la tierra, no llegás.”
La salida del ámbito profesional llegó cuando, siendo defensor titular y capitán de la Reserva, se creyó invulnerable. “Hoy todavía sueño despierto que juego un partido oficial”, dice, y rememora dos encuentros cruciales que marcaron su rumbo. “Hubo un Chicago-All Boys en Mataderos, en Reserva, con gente de los dos lados. Duré dos segundos en cancha: me rompieron el ojo de un codazo en la primera pelota que salté con el 9 rival. Lloré dos meses seguidos. Le decía al médico: ‘No me saques, no ves que no estoy ni sucio, ni transpirado’. Luego, en cancha de Racing, contra Arsenal, me encontré con dimensiones que me jugaron una mala pasada. Jugué mal. Capaz que son señales, pasan cosas que te avisan que eso no es para vos. Con el tiempo, acomodás la historia. Hoy tengo una esposa (Claudia) y dos hijas hermosas (Valentina y Martina).” Así, su historia se cocina a fuego lento, con paciencia y trabajo, como su famosa carne al horno.
El pase libre de All Boys no fue el final de su vida futbolística. Tenía solo 19 años. “Mi viejo me quiso llevar a otro club, pero sentía que él estaba muy obsesionado con el fútbol. Más los problemas que tenía, más la obligación… Me saturó. Fue un cóctel explosivo”, comparte. Así, su relación con el fútbol se convirtió nuevamente en algo más cercano a la vocación, un deporte amateur. “Seguí jugando toda la vida. Hoy, a los 51 años, juego dos veces por semana”, agrega.
No obstante, esa ruptura lo obligó a reiniciar su vida. La búsqueda de un nuevo rumbo resultó complicada. “Caí en un pozo. Yo había dejado el estudio y, sin el fútbol, tuve un bache de uno o dos años. Empecé a laburar de cualquier cosa, en una fábrica de juguetes, en otra de filtros… Mi viejo era gastronómico y su patrón tenía varios cafés. Me ubicó en uno para dar una mano. Limpiaba baños, pelaba papas. Era una especie de ayudante de cocina. Eso me acomodó la cabeza”, revela.
El destino, como un director técnico silencioso y sabio, empezó a orientarlo. “Un día faltó la cocinera. Y aprendí a hacer milanesas, empanadas… Pasé a ser minutero”, comparte. Así fue avanzando hasta que, gracias a un amigo de toda la vida, Patricio Conte, ingresó a un bar típico de Flores denominado La Subasta, donde se dedicó de lleno a la gastronomía, además de estudiar para convertirse en chef.
Sin embargo, su historia no terminó ahí. Cuando el país atravesaba la crisis de 2001, Espósito no se encontraba ajeno a la situación. “Se pudrió todo y dije, ¿qué hago? Me puse a cocinar en lo de mi vieja. Hacía tartas, sándwiches de milanesa, y salía a vender en bicicleta. Vivía cerca de la Avenida Avellaneda, donde están todos los locales de ropa. Y vendía por ahí, o entre amigos, conocidos. Después, de a poco me fui agrandando. Siempre fui caradura. En el fondo de la casa me fui armando una cocina industrial, puse ahí mismo unas mesitas y hacía asados programados para los empleados de las fábricas. Conclusión: a los cinco años, tenía dos motos para reparto y dos ayudantes”, relata sobre su evolución en el ámbito culinario.
Luego trasladó su arte a un local sobre Avenida Gaona en Floresta, donde el negocio creció a pasos agigantados. “La cocina de Batata’s” se convirtió en su bodegón, que se expandió gracias al boca a boca y el impacto en redes sociales, a pesar de no encontrarse en un polo gastronómico. Algunas reseñas oportunas por parte de influencers y el regreso de antiguos amigos del fútbol contribuyeron al crecimiento exponencial de Espósito como chef. “Empezó a venir la gente y a preguntarme: ‘¿Vos jugaste al fútbol? ¿Con quién jugaste?’. Es que el fútbol atraviesa todo. La combinación fútbol-comida es letal”, afirma con certeza.
Espósito ha ido agregando a su menú diversas especialidades, como lasagna de milanesas y tortilla napolitana, todo generoso, como el sudor que regaba en la cancha.
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