La proliferación del jabalí europeo en Argentina se ha convertido en un desafío de gran magnitud, tanto desde el punto de vista ambiental como productivo. Esta especie, considerada una de las 15 plagas exóticas invasoras más perjudiciales en el mundo, ocasiona pérdidas estimadas en US$1600 millones al año debido a los daños que provoca en los cultivos, infraestructuras agropecuarias y su capacidad para transmitir enfermedades al ganado, además de representar un riesgo para la salud humana. Especialistas subrayan que la falta de una estrategia coordinada entre las autoridades nacionales y provinciales dificulta el control de su avance.
En un artículo de Santiago E. Zagaglia, difundido por un medio científico de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, se destaca la emergencia de esta invasión. Introducido en el país a inicios del siglo XX con fines cinegéticos, el jabalí encontró en Argentina un clima propicio para su desarrollo. Al carecer de depredadores naturales, su población ha crecido significativamente, ocupando gran parte del territorio nacional y continuando su expansión, según los expertos.
“A principios del siglo XX, un grupo de estancieros trajo los primeros jabalíes europeos a la Argentina para la caza deportiva en La Pampa. Los dientes y las cabezas de estos animales son considerados trofeos, y además se aprovecha la carne y el cuero”, destacó un docente de Producciones Animales Alternativas de la Facultad de Agronomía de la UBA.
Aunque durante años su populación había estado relativamente contenida, en los últimos tiempos su crecimiento ha sido alarmante, convirtiéndose en una de las plagas invasoras más nocivas a nivel global. El especialista enfatizó que se trata de animales grandes y potencialmente peligrosos. “Los ejemplares adultos son enormes y pueden ser agresivos. Pesan más de 200 kilos y se desplazan en manadas. No me los querría encontrar ni enfrentar”, afirmó.
El impacto económico de esta situación también es significativo. “Destruyen instalaciones y arrasan cultivos. El daño al sector agropecuario asciende a unos 1600 millones de dólares anuales, lo que ha llevado a que se lo considere plaga en diversas provincias. Por ejemplo, en Buenos Aires se decretó la caza plaguicida del jabalí”, afirmó el entrevistado.
Asimismo, se registraron episodios reciente que evidencian el peligro que representan estos animales. “El año pasado, un jabalí mató a un puestero en Mendoza. En las últimas semanas, se han visto ejemplares merodeando por Ingeniero Maschwitz, en la provincia de Buenos Aires, lo cual ha encendido alarmas en la región periurbana”, agregó.
La amenaza también se extiende a la producción porcina y a la salud pública. Los jabalíes pueden transmitir enfermedades como triquinosis, hepatitis y peste porcina a los cerdos domésticos, afectando especialmente a pequeños y medianos productores.
El consumo de carne de jabalí presenta un riesgo adicional cuando proviene de canales no regulados. “Como no existe producción formal, esta carne proviene de faenas clandestinas. El consumidor no tiene forma de conocer la procedencia ni los riesgos asociados. Algunos cazan jabalíes y producen conservas, fiambres y chacinados que llegan a ferias y restaurantes sin controles sanitarios ni verificación de triquinosis”, advirtió el experto.
Para garantizar un consumo seguro, es necesario formalizar la cadena de producción. “Para poder consumirlo de manera segura, hace falta algo que hoy no existe: frigoríficos habilitados. Es el único eslabón que puede garantizar la cadena de frío y los controles sanitarios”, explicó.
Sin embargo, habilitar estos establecimientos requiere una inversión considerable y, según el investigador, el último frigorífico destinado a esta actividad cerró en 2019. “Sin ellos, no hay incentivos económicos para los cazadores, y sin cazadores registrados, no hay control de la especie. No obstante, hay ejemplos que demuestran que con voluntad y coordinación se puede abordar la problemática”, enfatizó.
Un caso exitoso tuvo lugar en el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, donde los jabalíes estaban dañando el entorno natural. En este contexto, se implementó un programa que involucró a autoridades del parque, organismos sanitarios, cazadores locales y comunidades vecinas. “Se otorgaron permisos de caza solo a los pobladores en áreas habilitadas, se realizaron controles sanitarios a cada animal cazado y se acordó que parte de la carne fuera destinada a los cazadores y parte a comedores comunitarios cercanos. Gracias a esta coordinación, lograron controlar la invasión, generar ingresos para los habitantes locales y abastecer a quienes lo necesitaban”, detalló el especialista.
Para el investigador, el principal obstáculo radica en la falta de una política federal de manejo. Las manadas no reconocen límites provinciales y las acciones aisladas no logran el impacto deseado. “Las manadas de jabalíes no respetan divisiones provinciales. Al no existir un enfoque federal, las poblaciones crecen en zonas donde no se cazan y luego se trasladan a áreas con menor presión de caza. Así, los problemas derivados de esta invasión biológica nunca se resuelven”, explicó.
Por lo tanto, considera esencial que se implemente una estrategia coordinada entre la Nación y las provincias, complementada por un respaldo científico robusto. “Para romper ese ciclo y establecer estrategias de control efectivas, es crucial que haya voluntad política y que las provincias y la Nación colaboren. Además, es fundamental fortalecer el apoyo científico a través de universidades nacionales, el INTA, el Conicet y otras instituciones que puedan asesorar a los tomadores de decisiones”, concluyó.
Finalmente, el especialista dejó un mensaje de advertencia sobre la actual situación. “Esa iniciativa aún no se ha materializado. No estamos en el mejor momento institucional para afrontar este tipo de problemáticas. Entonces, respecto a la dirección en la que vamos, puedo afirmar que nos dirigimos hacia un crecimiento explosivo del jabalí”, finalizó.
En un artículo de Santiago E. Zagaglia, difundido por un medio científico de la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, se destaca la emergencia de esta invasión. Introducido en el país a inicios del siglo XX con fines cinegéticos, el jabalí encontró en Argentina un clima propicio para su desarrollo. Al carecer de depredadores naturales, su población ha crecido significativamente, ocupando gran parte del territorio nacional y continuando su expansión, según los expertos.
“A principios del siglo XX, un grupo de estancieros trajo los primeros jabalíes europeos a la Argentina para la caza deportiva en La Pampa. Los dientes y las cabezas de estos animales son considerados trofeos, y además se aprovecha la carne y el cuero”, destacó un docente de Producciones Animales Alternativas de la Facultad de Agronomía de la UBA.
Aunque durante años su populación había estado relativamente contenida, en los últimos tiempos su crecimiento ha sido alarmante, convirtiéndose en una de las plagas invasoras más nocivas a nivel global. El especialista enfatizó que se trata de animales grandes y potencialmente peligrosos. “Los ejemplares adultos son enormes y pueden ser agresivos. Pesan más de 200 kilos y se desplazan en manadas. No me los querría encontrar ni enfrentar”, afirmó.
El impacto económico de esta situación también es significativo. “Destruyen instalaciones y arrasan cultivos. El daño al sector agropecuario asciende a unos 1600 millones de dólares anuales, lo que ha llevado a que se lo considere plaga en diversas provincias. Por ejemplo, en Buenos Aires se decretó la caza plaguicida del jabalí”, afirmó el entrevistado.
Asimismo, se registraron episodios reciente que evidencian el peligro que representan estos animales. “El año pasado, un jabalí mató a un puestero en Mendoza. En las últimas semanas, se han visto ejemplares merodeando por Ingeniero Maschwitz, en la provincia de Buenos Aires, lo cual ha encendido alarmas en la región periurbana”, agregó.
La amenaza también se extiende a la producción porcina y a la salud pública. Los jabalíes pueden transmitir enfermedades como triquinosis, hepatitis y peste porcina a los cerdos domésticos, afectando especialmente a pequeños y medianos productores.
El consumo de carne de jabalí presenta un riesgo adicional cuando proviene de canales no regulados. “Como no existe producción formal, esta carne proviene de faenas clandestinas. El consumidor no tiene forma de conocer la procedencia ni los riesgos asociados. Algunos cazan jabalíes y producen conservas, fiambres y chacinados que llegan a ferias y restaurantes sin controles sanitarios ni verificación de triquinosis”, advirtió el experto.
Para garantizar un consumo seguro, es necesario formalizar la cadena de producción. “Para poder consumirlo de manera segura, hace falta algo que hoy no existe: frigoríficos habilitados. Es el único eslabón que puede garantizar la cadena de frío y los controles sanitarios”, explicó.
Sin embargo, habilitar estos establecimientos requiere una inversión considerable y, según el investigador, el último frigorífico destinado a esta actividad cerró en 2019. “Sin ellos, no hay incentivos económicos para los cazadores, y sin cazadores registrados, no hay control de la especie. No obstante, hay ejemplos que demuestran que con voluntad y coordinación se puede abordar la problemática”, enfatizó.
Un caso exitoso tuvo lugar en el Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos, donde los jabalíes estaban dañando el entorno natural. En este contexto, se implementó un programa que involucró a autoridades del parque, organismos sanitarios, cazadores locales y comunidades vecinas. “Se otorgaron permisos de caza solo a los pobladores en áreas habilitadas, se realizaron controles sanitarios a cada animal cazado y se acordó que parte de la carne fuera destinada a los cazadores y parte a comedores comunitarios cercanos. Gracias a esta coordinación, lograron controlar la invasión, generar ingresos para los habitantes locales y abastecer a quienes lo necesitaban”, detalló el especialista.
Para el investigador, el principal obstáculo radica en la falta de una política federal de manejo. Las manadas no reconocen límites provinciales y las acciones aisladas no logran el impacto deseado. “Las manadas de jabalíes no respetan divisiones provinciales. Al no existir un enfoque federal, las poblaciones crecen en zonas donde no se cazan y luego se trasladan a áreas con menor presión de caza. Así, los problemas derivados de esta invasión biológica nunca se resuelven”, explicó.
Por lo tanto, considera esencial que se implemente una estrategia coordinada entre la Nación y las provincias, complementada por un respaldo científico robusto. “Para romper ese ciclo y establecer estrategias de control efectivas, es crucial que haya voluntad política y que las provincias y la Nación colaboren. Además, es fundamental fortalecer el apoyo científico a través de universidades nacionales, el INTA, el Conicet y otras instituciones que puedan asesorar a los tomadores de decisiones”, concluyó.
Finalmente, el especialista dejó un mensaje de advertencia sobre la actual situación. “Esa iniciativa aún no se ha materializado. No estamos en el mejor momento institucional para afrontar este tipo de problemáticas. Entonces, respecto a la dirección en la que vamos, puedo afirmar que nos dirigimos hacia un crecimiento explosivo del jabalí”, finalizó.









