No podía finalizar de esa manera. No después de todo lo que construyó esta selección. No con Lionel Messi caminando desanimado hacia el centro del campo, buscando respuestas mientras el Mundial, su Mundial, se le escapaba de las manos. No con esta generación, considerada la más importante en la historia del fútbol argentino, resignándose a una salida que nadie estaba dispuesto a aceptar.
Durante 79 minutos, todo parecía desmoronarse. El equipo, el partido, el espíritu de los jugadores y también el de miles de argentinos que nuevamente llenaron el estadio para apoyar a una selección que juega con la misma pasión que sus hinchas. La situación era crítica: Egipto estaba ganando 2-0. Messi había erróneamente fallado un penal y se encontraba en su peor desempeño del torneo. Lionel Scaloni había tomado riesgos al modificar la alineación, llenando la cancha de delanteros, lo que pronto se volvió en su contra al quedar expuesto por el segundo gol egipcio. Varios jugadores mostraban signos de agotamiento, y se percibía una sensación que no se había sentido en mucho tiempo: que el fin estaba realmente cerca. Sin embargo, este equipo nunca se ha dejado llevar por finales predecibles.
Cuando parecía que no había más opciones, resurgió lo que lo convirtió en campeón del mundo y bicampeón de América. No se trató de estrategias tácticas, ni de condiciones físicas, ni siquiera de calidad futbolística. En esos aspectos, Egipto había sido superior durante gran parte del encuentro. Fue una cuestión de carácter, de orgullo, de rebeldía, de ese amor propio que ha acompañado a este grupo desde hace años y que siempre afloró cuando todo parecía perdido. La selección puede tener mejores o peores partidos, pero nunca deja de creer. Siempre encuentra la manera de competir y de salir victoriosa.
Por ello, Atlanta se convirtió en otra página memorable de este ciclo. Cuando se pensaba que no quedaban más vidas, Argentina halló una más. Estaba al borde de la eliminación y logró superar a Egipto, protagonizando una de las remontadas más emocionantes de los últimos tiempos, sin duda, una de las más celebradas de la selección en un Mundial. El pitido final encontró a los jugadores abrazándose, a Scaloni con los ojos vidriosos, a Messi sonriendo entre lágrimas y a miles de hinchas emocionados en las gradas. Esa imagen describe mejor a este equipo que cualquier análisis técnico.
Es complicado expresar lo que esta selección irradia. Tiene la extraña costumbre de caminar al borde del abismo, de sufrir más de lo habitual, de convertir la angustia en energía. Da la impresión de caer, de quedarse sin respuestas, de que el proceso más exitoso de la historia se apaga. Sin embargo, siempre halla la forma de levantarse nuevamente.
El estilo de juego ya no es el mismo que en Qatar. La fluidez se ha perdido, así como el dominio autoritario que antes intimidaba a sus oponentes. No obstante, todavía conserva un aspecto igual de valioso: ese fuego interior que distingue a los grandes equipos y la personalidad que nunca le permite rendirse.
Habrá tiempo para reflexionar sobre las falencias que ha mostrado Argentina. Antes del desahogo final, volvió a titubear. Tuvo dificultades para imponer el juego ante un rival que le competía de igual a igual y que, en ciertos momentos, fue superior. Se le complicó recuperar el balón, generar juego y encontrar espacios. La defensa del enemigo se mantuvo firme, cerrando los caminos y forzando a Argentina a jugar incómoda.
Sin embargo, no se puede discutir la actitud. La selección mostró un desempeño más intenso que en encuentros anteriores. Presionó más alto, recuperó balones cerca del área rival y adoptó una postura más agresiva en cada disputa. Aunque el futbol seguía faltante. Paredes, una decisión acertada de Scaloni, le otorgó mayor orden al mediocampo, permitiendo a Mac Allister jugar más adelantado, aunque esto no fue suficiente para cambiar un partido que casi siempre se desarrolló según la estrategia de Egipto. A pesar de esto, fue uno de los mejores del equipo y realizó un cruce decisivo en los instantes finales.
Argentina sintió el impacto del 1-0, un centro cruzado que encontró a Ibrahim desmarcado entre los centrales, quien ganó en el salto a Lisandro Martínez y logró un cabezazo que parecía inatajable para Dibu Martínez. Tuvo una oportunidad dorada para empatar cuando Tagliafico superó a su marcador y fue derribado en el área. Messi se dispuso a ejecutar el tiro penal con la serenidad habitual. Respiró, miró al arquero, disparó cruzado, y Mostafa Shobeir adivinó la intención. El arquero estuvo al borde de ser el villano de este grupo, aunque si Argentina hubiera caído, difícilmente hubiera sido considerado el principal culpable.
El inicio de la segunda mitad fue aún más complicado. Sobre todo cuando Hassan ejecutó una jugada impresionante por la derecha y asistió a Ziko, quien definió para el 2-0. Afortunadamente, el gol fue anulado por el VAR debido a una infracción casi imperceptible sobre Lisandro Martínez en el comienzo de la jugada. Sin embargo, Egipto continuó jugando sin miedo, y tras otra rápida ofensiva, Ziko llevó a Argentina al borde del abismo. Solo quedaban 23 minutos.
Scaloni había agotado todas sus opciones, con Cuti Romero jugando en ambas áreas, incluso como delantero en los últimos minutos, complementando con cuatro atacantes en la cancha. Algunos jugadores respiraban con frecuencia, mientras que otros miraban el reloj. Solo se escuchaban los gritos de los hinchas egipcios. No obstante, nadie anticipaba que lo mejor aún estaba por venir.
El libro de esta selección siempre parece contener una página extra. Messi fue el primero en notarlo. Poco se ve un cambio tan marcado en un jugador. Modificó su postura, su energía y hasta su lenguaje corporal. Parecía como si hubiera decidido jugar el resto del Mundial en esos últimos 15 minutos. El centro a la cabeza de Romero encendió al equipo y al estadio. Posteriormente, cuando Egipto más resistía, Messi conectó una volea en el punto del penal, casi sin recorrido, y desató un zurdazo que rebotó en el travesaño antes de entrar. Finalmente, el cabezazo de Enzo Fernández provocó la locura en Atlanta y en toda Argentina. Messi no participó en ese gol, pero sin su presencia, nada de esto habría sido posible.
Scaloni tendrá mucho trabajo por delante. El equipo volvió a enfrentar dificultades en múltiples áreas. Necesitará hallar soluciones para mejorar su defensa y, seguramente, contará nuevamente con la extraordinaria actuación de Messi y algunos puntos altos para clasificarse entre los ocho mejores. Sin embargo, sus rivales tendrán la ardua tarea de enfrentarse a un equipo que, aunque puede ser presionado, puede sufrir y ser forzado a jugar por debajo de su potencial, nunca se rinde. Lo que jamás compromete este equipo es ese latido del corazón de campeón que nunca cesa.
Durante 79 minutos, todo parecía desmoronarse. El equipo, el partido, el espíritu de los jugadores y también el de miles de argentinos que nuevamente llenaron el estadio para apoyar a una selección que juega con la misma pasión que sus hinchas. La situación era crítica: Egipto estaba ganando 2-0. Messi había erróneamente fallado un penal y se encontraba en su peor desempeño del torneo. Lionel Scaloni había tomado riesgos al modificar la alineación, llenando la cancha de delanteros, lo que pronto se volvió en su contra al quedar expuesto por el segundo gol egipcio. Varios jugadores mostraban signos de agotamiento, y se percibía una sensación que no se había sentido en mucho tiempo: que el fin estaba realmente cerca. Sin embargo, este equipo nunca se ha dejado llevar por finales predecibles.
Cuando parecía que no había más opciones, resurgió lo que lo convirtió en campeón del mundo y bicampeón de América. No se trató de estrategias tácticas, ni de condiciones físicas, ni siquiera de calidad futbolística. En esos aspectos, Egipto había sido superior durante gran parte del encuentro. Fue una cuestión de carácter, de orgullo, de rebeldía, de ese amor propio que ha acompañado a este grupo desde hace años y que siempre afloró cuando todo parecía perdido. La selección puede tener mejores o peores partidos, pero nunca deja de creer. Siempre encuentra la manera de competir y de salir victoriosa.
Por ello, Atlanta se convirtió en otra página memorable de este ciclo. Cuando se pensaba que no quedaban más vidas, Argentina halló una más. Estaba al borde de la eliminación y logró superar a Egipto, protagonizando una de las remontadas más emocionantes de los últimos tiempos, sin duda, una de las más celebradas de la selección en un Mundial. El pitido final encontró a los jugadores abrazándose, a Scaloni con los ojos vidriosos, a Messi sonriendo entre lágrimas y a miles de hinchas emocionados en las gradas. Esa imagen describe mejor a este equipo que cualquier análisis técnico.
Es complicado expresar lo que esta selección irradia. Tiene la extraña costumbre de caminar al borde del abismo, de sufrir más de lo habitual, de convertir la angustia en energía. Da la impresión de caer, de quedarse sin respuestas, de que el proceso más exitoso de la historia se apaga. Sin embargo, siempre halla la forma de levantarse nuevamente.
El estilo de juego ya no es el mismo que en Qatar. La fluidez se ha perdido, así como el dominio autoritario que antes intimidaba a sus oponentes. No obstante, todavía conserva un aspecto igual de valioso: ese fuego interior que distingue a los grandes equipos y la personalidad que nunca le permite rendirse.
Habrá tiempo para reflexionar sobre las falencias que ha mostrado Argentina. Antes del desahogo final, volvió a titubear. Tuvo dificultades para imponer el juego ante un rival que le competía de igual a igual y que, en ciertos momentos, fue superior. Se le complicó recuperar el balón, generar juego y encontrar espacios. La defensa del enemigo se mantuvo firme, cerrando los caminos y forzando a Argentina a jugar incómoda.
Sin embargo, no se puede discutir la actitud. La selección mostró un desempeño más intenso que en encuentros anteriores. Presionó más alto, recuperó balones cerca del área rival y adoptó una postura más agresiva en cada disputa. Aunque el futbol seguía faltante. Paredes, una decisión acertada de Scaloni, le otorgó mayor orden al mediocampo, permitiendo a Mac Allister jugar más adelantado, aunque esto no fue suficiente para cambiar un partido que casi siempre se desarrolló según la estrategia de Egipto. A pesar de esto, fue uno de los mejores del equipo y realizó un cruce decisivo en los instantes finales.
Argentina sintió el impacto del 1-0, un centro cruzado que encontró a Ibrahim desmarcado entre los centrales, quien ganó en el salto a Lisandro Martínez y logró un cabezazo que parecía inatajable para Dibu Martínez. Tuvo una oportunidad dorada para empatar cuando Tagliafico superó a su marcador y fue derribado en el área. Messi se dispuso a ejecutar el tiro penal con la serenidad habitual. Respiró, miró al arquero, disparó cruzado, y Mostafa Shobeir adivinó la intención. El arquero estuvo al borde de ser el villano de este grupo, aunque si Argentina hubiera caído, difícilmente hubiera sido considerado el principal culpable.
El inicio de la segunda mitad fue aún más complicado. Sobre todo cuando Hassan ejecutó una jugada impresionante por la derecha y asistió a Ziko, quien definió para el 2-0. Afortunadamente, el gol fue anulado por el VAR debido a una infracción casi imperceptible sobre Lisandro Martínez en el comienzo de la jugada. Sin embargo, Egipto continuó jugando sin miedo, y tras otra rápida ofensiva, Ziko llevó a Argentina al borde del abismo. Solo quedaban 23 minutos.
Scaloni había agotado todas sus opciones, con Cuti Romero jugando en ambas áreas, incluso como delantero en los últimos minutos, complementando con cuatro atacantes en la cancha. Algunos jugadores respiraban con frecuencia, mientras que otros miraban el reloj. Solo se escuchaban los gritos de los hinchas egipcios. No obstante, nadie anticipaba que lo mejor aún estaba por venir.
El libro de esta selección siempre parece contener una página extra. Messi fue el primero en notarlo. Poco se ve un cambio tan marcado en un jugador. Modificó su postura, su energía y hasta su lenguaje corporal. Parecía como si hubiera decidido jugar el resto del Mundial en esos últimos 15 minutos. El centro a la cabeza de Romero encendió al equipo y al estadio. Posteriormente, cuando Egipto más resistía, Messi conectó una volea en el punto del penal, casi sin recorrido, y desató un zurdazo que rebotó en el travesaño antes de entrar. Finalmente, el cabezazo de Enzo Fernández provocó la locura en Atlanta y en toda Argentina. Messi no participó en ese gol, pero sin su presencia, nada de esto habría sido posible.
Scaloni tendrá mucho trabajo por delante. El equipo volvió a enfrentar dificultades en múltiples áreas. Necesitará hallar soluciones para mejorar su defensa y, seguramente, contará nuevamente con la extraordinaria actuación de Messi y algunos puntos altos para clasificarse entre los ocho mejores. Sin embargo, sus rivales tendrán la ardua tarea de enfrentarse a un equipo que, aunque puede ser presionado, puede sufrir y ser forzado a jugar por debajo de su potencial, nunca se rinde. Lo que jamás compromete este equipo es ese latido del corazón de campeón que nunca cesa.









