La falta de respuesta en una discusión no necesariamente refleja serenidad. De hecho, es común que una persona se mantenga callada durante un conflicto, pero luego pase horas deliberando sobre lo que hubiera querido expresar. En muchas ocasiones, este silencio es resultado de la frustración o del agotamiento emocional.
Este fenómeno puede surgir por diversas razones, que van desde el temor a la reacción del interlocutor hasta la falta de energía para afrontar el desacuerdo. Se convierte en un desafío cuando la incapacidad para comunicarse se vuelve un patrón habitual, incluso en asuntos que la persona considera relevantes para debatir.
Una causa del silencio en las confrontaciones podría estar relacionada con experiencias del pasado. Aquellos que crecieron en un entorno donde expresar desacuerdos o incomodidades generaba reprimendas o reacciones adversas pueden aprender a evitar conflictos.
El miedo al rechazo también es un factor común, llevando a algunas personas a aceptar opiniones ajenas, aun cuando las consideren erróneas, con tal de esquivar la exposición de sus propios puntos de vista.
Asimismo, una persona puede optar por guardarse sus comentarios durante un enfrentamiento verbal si se siente sobrepasada por la situación. El Instituto Gottman, especializado en el estudio de las relaciones de pareja, define este comportamiento como ‘stonewalling’, que se puede traducir como amurallamiento o aplicación de la ley del hielo.
Esto implica un bloqueo comunicativo en el que el individuo se desconecta de la conversación. Es típico que la persona desvíe la mirada, se vuelva o actúe como si estuviera distraída en otra actividad.
Investigaciones, como la publicada en 2003 en la revista Emotion por Emily Butler y su equipo, exploraron las consecuencias de reprimir las emociones durante un diálogo. En su estudio, trabajaron con mujeres no conocidas que discutieron un tema controvertido en parejas.
Durante la primera fase, se instruyó a una miembro de cada pareja sobre cómo debía reaccionar: algunas debían ocultar sus emociones, otras responder de manera natural y un tercer grupo debía replantear la situación para amortiguar su impacto.
Los hallazgos revelaron que disimular las emociones dificultaba la comunicación y aumentaba la respuesta de presión arterial entre las participantes. En una segunda fase, también se registraron efectos perjudiciales en la percepción emocional de quienes intentaban ocultar sus sentimientos, así como un incremento de la presión arterial en ambas involucradas.
Según el Instituto Gottman, sentirse sobrepasado en una discusión puede obstaculizar la capacidad de escuchar, procesar información, expresar opiniones y encontrar soluciones. La falta de respuesta puede generar frustración en el interlocutor.
En este contexto, el instituto sugiere pausar la conversación acordando un descanso entre las partes. Se recomienda un intervalo de al menos 20 minutos, durante el cual se puede optar por caminar, leer o escuchar música para recuperar la serenidad.
Este fenómeno puede surgir por diversas razones, que van desde el temor a la reacción del interlocutor hasta la falta de energía para afrontar el desacuerdo. Se convierte en un desafío cuando la incapacidad para comunicarse se vuelve un patrón habitual, incluso en asuntos que la persona considera relevantes para debatir.
Una causa del silencio en las confrontaciones podría estar relacionada con experiencias del pasado. Aquellos que crecieron en un entorno donde expresar desacuerdos o incomodidades generaba reprimendas o reacciones adversas pueden aprender a evitar conflictos.
El miedo al rechazo también es un factor común, llevando a algunas personas a aceptar opiniones ajenas, aun cuando las consideren erróneas, con tal de esquivar la exposición de sus propios puntos de vista.
Asimismo, una persona puede optar por guardarse sus comentarios durante un enfrentamiento verbal si se siente sobrepasada por la situación. El Instituto Gottman, especializado en el estudio de las relaciones de pareja, define este comportamiento como ‘stonewalling’, que se puede traducir como amurallamiento o aplicación de la ley del hielo.
Esto implica un bloqueo comunicativo en el que el individuo se desconecta de la conversación. Es típico que la persona desvíe la mirada, se vuelva o actúe como si estuviera distraída en otra actividad.
Investigaciones, como la publicada en 2003 en la revista Emotion por Emily Butler y su equipo, exploraron las consecuencias de reprimir las emociones durante un diálogo. En su estudio, trabajaron con mujeres no conocidas que discutieron un tema controvertido en parejas.
Durante la primera fase, se instruyó a una miembro de cada pareja sobre cómo debía reaccionar: algunas debían ocultar sus emociones, otras responder de manera natural y un tercer grupo debía replantear la situación para amortiguar su impacto.
Los hallazgos revelaron que disimular las emociones dificultaba la comunicación y aumentaba la respuesta de presión arterial entre las participantes. En una segunda fase, también se registraron efectos perjudiciales en la percepción emocional de quienes intentaban ocultar sus sentimientos, así como un incremento de la presión arterial en ambas involucradas.
Según el Instituto Gottman, sentirse sobrepasado en una discusión puede obstaculizar la capacidad de escuchar, procesar información, expresar opiniones y encontrar soluciones. La falta de respuesta puede generar frustración en el interlocutor.
En este contexto, el instituto sugiere pausar la conversación acordando un descanso entre las partes. Se recomienda un intervalo de al menos 20 minutos, durante el cual se puede optar por caminar, leer o escuchar música para recuperar la serenidad.









