Cuando llega un bebé, la atención generalmente se centra en la madre y el recién nacido. No obstante, en el marco de esta transformación familiar, existe un padre que debe enfrentarse a nuevas responsabilidades, noches en vela, alteraciones en la pareja y una identidad renovada. Esta etapa puede, en ciertas ocasiones, desencadenar un episodio depresivo.
James Rilling, profesor en la Universidad de Emory y experto en las bases neurobiológicas de la paternidad, ha dedicado años a investigar las experiencias de los hombres al convertirse en padres. Una de sus conclusiones más significativas señala que la depresión tras el nacimiento de un hijo no es una condición exclusiva de las mujeres.
Los estudios indican que la depresión paternal en el periodo perinatal oscila entre el 8% y el 10%, cifras que pueden variar según el momento de análisis y la metodología empleada. A menudo, esta situación puede pasar desapercibida, ya que el padre puede no buscar ayuda, no reconocer sus síntomas o sentir que sus dificultades son menores en comparación con las de su pareja.
Rilling menciona varios factores que pueden influir en esta situación. Uno de los más evidentes es la privación del sueño, que tiende a intensificarse durante los primeros meses. Además, surgen nuevas preocupaciones económicas, el dilema entre trabajo y crianza, y cambios hormonales asociados con la paternidad.
También se produce una transformación más íntima: la relación de pareja deja de funcionar de la misma manera. “Muchos padres nuevos informan que gran parte del afecto y la atención de su pareja se desplaza de ellos hacia el nuevo bebé”, señala Rilling.
Abrirse sobre estos sentimientos puede resultar complicado. En una investigación que incluyó entrevistas a 120 nuevos padres, Rilling constató que muchos se sentían más animados, orgullosos e inspirados tras compartir sus experiencias. Algunos incluso describieron el diálogo como terapéutico.
La investigación de Rilling busca desafiar la percepción común de que el cambio biológico vinculado a la llegada de un hijo solo afecta a las madres. Los hombres también atraviesan transformaciones hormonales y cerebrales relacionadas con el cuidado y el establecimiento de un lazo con el bebé.
Un aspecto clave es la oxitocina, conocida como “hormona del amor”. Aunque ha sido asociada principalmente con el embarazo, el parto y la lactancia, también juega un rol importante en la conexión entre padres e hijos. El contacto, la interacción y varias señales del bebé contribuyen a estos procesos.
La testosterona también tiene su importancia. Investigaciones del laboratorio de Rilling han hallado una conexión entre niveles bajos de esta hormona y una mayor involucración de los padres en el cuidado de sus hijos. El investigador advierte que esta relación puede ser bidireccional.
La paternidad también influye en la manera de jugar y comunicarse. Rilling ha estudiado las diferencias en cómo algunos padres interactúan con hijos e hijas, así como el valor del juego físico, que puede enseñar a los niños a interpretar señales sociales, manejar la intensidad y regular sus emociones.
Todo esto ayuda a comprender por qué reducir la experiencia de un padre a simplemente “ayudar” a la madre ignora una transformación mucho más profunda. Convertirse en padre implica construir un vínculo propio con el hijo, reorganizar prioridades y enfrentar cambios psicológicos y fisiológicos reales.
Por ende, experimentar tristeza, irritabilidad o desconexión durante un período prolongado tras el nacimiento no debería ser visto únicamente como una falta de compromiso o incapacidad para disfrutar de la paternidad; es un aspecto de la depresión postparto en los hombres.
James Rilling, profesor en la Universidad de Emory y experto en las bases neurobiológicas de la paternidad, ha dedicado años a investigar las experiencias de los hombres al convertirse en padres. Una de sus conclusiones más significativas señala que la depresión tras el nacimiento de un hijo no es una condición exclusiva de las mujeres.
Los estudios indican que la depresión paternal en el periodo perinatal oscila entre el 8% y el 10%, cifras que pueden variar según el momento de análisis y la metodología empleada. A menudo, esta situación puede pasar desapercibida, ya que el padre puede no buscar ayuda, no reconocer sus síntomas o sentir que sus dificultades son menores en comparación con las de su pareja.
Rilling menciona varios factores que pueden influir en esta situación. Uno de los más evidentes es la privación del sueño, que tiende a intensificarse durante los primeros meses. Además, surgen nuevas preocupaciones económicas, el dilema entre trabajo y crianza, y cambios hormonales asociados con la paternidad.
También se produce una transformación más íntima: la relación de pareja deja de funcionar de la misma manera. “Muchos padres nuevos informan que gran parte del afecto y la atención de su pareja se desplaza de ellos hacia el nuevo bebé”, señala Rilling.
Abrirse sobre estos sentimientos puede resultar complicado. En una investigación que incluyó entrevistas a 120 nuevos padres, Rilling constató que muchos se sentían más animados, orgullosos e inspirados tras compartir sus experiencias. Algunos incluso describieron el diálogo como terapéutico.
La investigación de Rilling busca desafiar la percepción común de que el cambio biológico vinculado a la llegada de un hijo solo afecta a las madres. Los hombres también atraviesan transformaciones hormonales y cerebrales relacionadas con el cuidado y el establecimiento de un lazo con el bebé.
Un aspecto clave es la oxitocina, conocida como “hormona del amor”. Aunque ha sido asociada principalmente con el embarazo, el parto y la lactancia, también juega un rol importante en la conexión entre padres e hijos. El contacto, la interacción y varias señales del bebé contribuyen a estos procesos.
La testosterona también tiene su importancia. Investigaciones del laboratorio de Rilling han hallado una conexión entre niveles bajos de esta hormona y una mayor involucración de los padres en el cuidado de sus hijos. El investigador advierte que esta relación puede ser bidireccional.
La paternidad también influye en la manera de jugar y comunicarse. Rilling ha estudiado las diferencias en cómo algunos padres interactúan con hijos e hijas, así como el valor del juego físico, que puede enseñar a los niños a interpretar señales sociales, manejar la intensidad y regular sus emociones.
Todo esto ayuda a comprender por qué reducir la experiencia de un padre a simplemente “ayudar” a la madre ignora una transformación mucho más profunda. Convertirse en padre implica construir un vínculo propio con el hijo, reorganizar prioridades y enfrentar cambios psicológicos y fisiológicos reales.
Por ende, experimentar tristeza, irritabilidad o desconexión durante un período prolongado tras el nacimiento no debería ser visto únicamente como una falta de compromiso o incapacidad para disfrutar de la paternidad; es un aspecto de la depresión postparto en los hombres.









