Roger Federer regresó a la cancha para jugar al tenis en una vibrante noche en Nueva York, mostrando una elegancia y ritmo característicos que lo han distinguido a lo largo de su carrera. Participó nuevamente en el US Open, un torneo que dominó de manera consecutiva desde 2004 hasta 2008, interrumpido en 2009 por Juan Martín del Potro. Su despedida en 2021 se vio truncada por problemas en los meniscos de su rodilla derecha, por lo que su regreso fue altamente esperado. Físicamente impecable, con probablemente solo unos kilos más de los 85 que siempre lo acompañaron, se presentó una vez más en el enorme Arthur Ashe, acompañado por sus hijos, los mellizos de 17 y 12 años, quienes presenciaron orgullosos el espectáculo junto a su madre Mirka y sus abuelos. Con unos pocos movimientos de puntas de pie, saques, drives y reveses con su inconfundible técnica a una mano, sus acciones fueron un recordatorio para los aficionados de la extraordinaria era que vivieron durante dos décadas. La exhibición, que duró apenas 35 minutos contra Andy Roddick, quien a los 43 años aún imprime saques a más de 200 km/h, fue suficiente para revivir el magnetismo de Federer, algo que ningún otro tenista ha logrado igualar. Aunque Novak Djokovic destaca como el jugador más exitoso de la historia y Rafael Nadal posee logros sobrehumanos, Federer se erigió como el embajador del tenis en su máxima expresión. Su elegancia, juego de pies y capacidad de anticipación lo convirtieron en una figura icónica y atemporal. Su longevidad en el deporte lo hizo habitual en la pantalla de los aficionados, quienes se acostumbraron a disfrutar de su juego casi semanalmente. Durante veinte años, Federer cautivó al mundo del tenis, convirtiéndose en un símbolo tanto en lo deportivo como en lo comercial. En su regreso, las gorras con su emblemático logo “RF” se vieron por doquier en Flushing Meadows, testimonio del fervor que despierta. Su estilo en torneos de Wimbledon y su capacidad para desafiar tendencias lo elevaron, junto con Nadal y Djokovic, a un nuevo nivel de popularidad para el tenis. A pesar de su dominio en la cancha, Federer también mostró su humanidad, enfrentando derrotas dolorosas cuando las limitaciones físicas y mentales se hicieron evidentes. La memorable final de Wimbledon 2019 es un claro ejemplo, donde pese a tener dos match points, Djokovic se llevó el título en un desenlace épico. Su trayectoria, marcada por sonrisas y lágrimas, nunca pasó inadvertida. David Foster Wallace describió la experiencia de ver jugar a Federer como “religiosa”, abordando su belleza y poder únicos. Esta temporada, la élite masculina del circuito no ha tenido un camino claro, con Djokovic disminuyendo su actividad competitiva y tanto Jannik Sinner como Carlos Alcaraz enfrentando desafíos. Si bien son talentosos, sería un error esperar que tomen el lugar vacío dejado por Federer, Nadal y Djokovic. La presencia de Federer en el US Open revitaliza los recuerdos de una era dorada en el tenis, con atletas que llevaron el deporte a nuevos límites. Próximamente, Federer será inducido al Salón de la Fama del tenis en Newport. Sin embargo, lo más importante es que volvió a jugar, recordándonos la felicidad que nos brindó el tenis.









