El 11 de septiembre de 2001, el entonces presidente del Banco Central, Alan Greenspan, se encontraba en un vuelo de Europa a Estados Unidos. Debido a condiciones climáticas adversas, el piloto decidió aterrizar en Madrid. Desde la cabina, la tripulación le comunicó a Greenspan lo sucedido en Nueva York. Al tocar tierra, su primera acción fue contactar a las autoridades operativas de la Reserva Federal. “Por favor, ¡llenen los cajeros automáticos! Pongan billetes en todo Manhattan”, pidió.
Glenn Hubbard, economista de la Universidad de Columbia y entonces jefe del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush, relató que aquel día el enfoque se centró en los mercados aeronáutico y financiero. Las dos preguntas clave fueron qué ocurriría con los precios de las pólizas de seguro y cómo reaccionarían las bolsas al día siguiente.
Hubbard recordó que desde la Casa Blanca se implementaron medidas urgentes para mitigar el impacto en los mercados de transporte y servicios financieros. “Claramente no previmos un ataque como el 11-S, no veo cómo alguien podría haber modelado algo así”, mencionó en su libro Cuando el Presidente llama. Por su parte, Paul Blustein, en su obra Dollar King, también describe las acciones tomadas desde el sector financiero.
John Taylor, conocido por desarrollar una regla monetaria relacionada con la tasa de interés y los bancos centrales, ocupaba el cargo de subsecretario del Tesoro en ese periodo. Tres meses después de haber asumido, se encontró liderando una coalición global dedicada a rastrear y congelar activos financieros de redes terroristas, como Al-Qaeda. Participó en más de 400 reuniones en lo que se conoce como Situation room, una sala en el sótano de la Casa Blanca.
Uno de los foci de trabajo del Tesoro estadounidense era la situación financiera de Argentina, especialmente en lo referente a la presión que enfrentaba su Convertibilidad. Un año antes, el FMI junto al Tesoro ya habían asistido al país.
El 11 de septiembre, al igual que Greenspan, Taylor se hallaba fuera de Washington, en Tokio. Con el espacio aéreo estadounidense cerrado, su única opción para regresar rápidamente fue en un Hércules. “Muchachos, lo siento, pero Argentina pasó a ser la última prioridad en la lista de papeles que tengo arriba del escritorio”, expresó Taylor días después del ataque. “Mi tarea ahora es rastrear financiamiento terrorista”. En ese momento, trabajaba estrechamente con el equipo económico argentino liderado por Domingo Cavallo, que incluía al secretario de Política Económica, Guillermo Mondino, y al secretario de Finanzas, Daniel Marx.
En ese entonces, Argentina estaba incluida en la agenda del Tesoro de EE.UU., que contaba con un funcionario designado específicamente para su caso en Washington, así como un representante en Buenos Aires. Todas las mañanas, Natan Epstein, colaborador de Taylor, mantenía una conversación de treinta minutos con un funcionario del área de Investigaciones Financieras del Ministerio de Economía para actualizar el programa financiero. Claudio Loser, quien dirigía el Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, estimó que “había al menos 20 economistas siguiendo solo a la Argentina en ese entonces”. El antecesor de Paul O’Neill (el entonces secretario del Tesoro), Larry Summers, había aprobado un paquete de casi 40.000 millones de dólares para Argentina el año anterior, de los cuales el FMI había contribuido con 14.000 millones. En ese contexto, Cavallo solicitó al FMI otros 8.000 millones.
El FMI realizó un giro de 6.000 millones de dólares el 10 de septiembre, que se sumaron a las reservas. Los 2.000 millones restantes estarían disponibles en los meses siguientes, siempre y cuando el país cumpliera con las metas establecidas. Sin embargo, pronto se hizo eco la frase de Taylor: “Argentina es la última prioridad”.
Un mes antes, en agosto, el equipo económico argentino había viajado a Washington para negociar apoyo del FMI. Marx, Mondino, Federico Sturzenegger (viceministro en aquel entonces), Jorge Baldrich (Hacienda), Mario Blejer y Horacio Tomás Liendo se reunieron con funcionarios del Tesoro y del FMI, donde se volvió a discutir la dolarización.
Marx tenía programada una reunión con Taylor para el 13 de septiembre. Al llegar a Nueva York, se encontró con el caos de la ciudad después del ataque. “Aterricé en un turbohélice en LaGuardia proveniente de Baltimore. Nueva York era una ciudad fantasma. Me vinieron a buscar en un patrullero y fuimos a Nueva Jersey, donde estaban las autoridades del Tesoro para no estar en Manhattan”, relató Marx.
Miguel Kiguel estaba en el Midtown durante el 11-S, y había ido a dar una charla sobre Argentina, mientras que otros argentinos en Wall Street, como Javier Timerman, Javier Kulesz, Gustavo Ferraro y Pablo Goldberg, también estaban en Nueva York.
Stanley Fischer, quien ocupaba el segundo cargo en el FMI en el momento del ataque, dejó el organismo en septiembre. Fischer había sido fundamental para el respaldo financiero hacia Argentina. Anne Krueger lo sucedió, pero su enfoque al tratar con el país fue diferente, evidenciando menos paciencia.
Glenn Hubbard, economista de la Universidad de Columbia y entonces jefe del Consejo de Asesores Económicos de George W. Bush, relató que aquel día el enfoque se centró en los mercados aeronáutico y financiero. Las dos preguntas clave fueron qué ocurriría con los precios de las pólizas de seguro y cómo reaccionarían las bolsas al día siguiente.
Hubbard recordó que desde la Casa Blanca se implementaron medidas urgentes para mitigar el impacto en los mercados de transporte y servicios financieros. “Claramente no previmos un ataque como el 11-S, no veo cómo alguien podría haber modelado algo así”, mencionó en su libro Cuando el Presidente llama. Por su parte, Paul Blustein, en su obra Dollar King, también describe las acciones tomadas desde el sector financiero.
John Taylor, conocido por desarrollar una regla monetaria relacionada con la tasa de interés y los bancos centrales, ocupaba el cargo de subsecretario del Tesoro en ese periodo. Tres meses después de haber asumido, se encontró liderando una coalición global dedicada a rastrear y congelar activos financieros de redes terroristas, como Al-Qaeda. Participó en más de 400 reuniones en lo que se conoce como Situation room, una sala en el sótano de la Casa Blanca.
Uno de los foci de trabajo del Tesoro estadounidense era la situación financiera de Argentina, especialmente en lo referente a la presión que enfrentaba su Convertibilidad. Un año antes, el FMI junto al Tesoro ya habían asistido al país.
El 11 de septiembre, al igual que Greenspan, Taylor se hallaba fuera de Washington, en Tokio. Con el espacio aéreo estadounidense cerrado, su única opción para regresar rápidamente fue en un Hércules. “Muchachos, lo siento, pero Argentina pasó a ser la última prioridad en la lista de papeles que tengo arriba del escritorio”, expresó Taylor días después del ataque. “Mi tarea ahora es rastrear financiamiento terrorista”. En ese momento, trabajaba estrechamente con el equipo económico argentino liderado por Domingo Cavallo, que incluía al secretario de Política Económica, Guillermo Mondino, y al secretario de Finanzas, Daniel Marx.
En ese entonces, Argentina estaba incluida en la agenda del Tesoro de EE.UU., que contaba con un funcionario designado específicamente para su caso en Washington, así como un representante en Buenos Aires. Todas las mañanas, Natan Epstein, colaborador de Taylor, mantenía una conversación de treinta minutos con un funcionario del área de Investigaciones Financieras del Ministerio de Economía para actualizar el programa financiero. Claudio Loser, quien dirigía el Departamento del Hemisferio Occidental del FMI, estimó que “había al menos 20 economistas siguiendo solo a la Argentina en ese entonces”. El antecesor de Paul O’Neill (el entonces secretario del Tesoro), Larry Summers, había aprobado un paquete de casi 40.000 millones de dólares para Argentina el año anterior, de los cuales el FMI había contribuido con 14.000 millones. En ese contexto, Cavallo solicitó al FMI otros 8.000 millones.
El FMI realizó un giro de 6.000 millones de dólares el 10 de septiembre, que se sumaron a las reservas. Los 2.000 millones restantes estarían disponibles en los meses siguientes, siempre y cuando el país cumpliera con las metas establecidas. Sin embargo, pronto se hizo eco la frase de Taylor: “Argentina es la última prioridad”.
Un mes antes, en agosto, el equipo económico argentino había viajado a Washington para negociar apoyo del FMI. Marx, Mondino, Federico Sturzenegger (viceministro en aquel entonces), Jorge Baldrich (Hacienda), Mario Blejer y Horacio Tomás Liendo se reunieron con funcionarios del Tesoro y del FMI, donde se volvió a discutir la dolarización.
Marx tenía programada una reunión con Taylor para el 13 de septiembre. Al llegar a Nueva York, se encontró con el caos de la ciudad después del ataque. “Aterricé en un turbohélice en LaGuardia proveniente de Baltimore. Nueva York era una ciudad fantasma. Me vinieron a buscar en un patrullero y fuimos a Nueva Jersey, donde estaban las autoridades del Tesoro para no estar en Manhattan”, relató Marx.
Miguel Kiguel estaba en el Midtown durante el 11-S, y había ido a dar una charla sobre Argentina, mientras que otros argentinos en Wall Street, como Javier Timerman, Javier Kulesz, Gustavo Ferraro y Pablo Goldberg, también estaban en Nueva York.
Stanley Fischer, quien ocupaba el segundo cargo en el FMI en el momento del ataque, dejó el organismo en septiembre. Fischer había sido fundamental para el respaldo financiero hacia Argentina. Anne Krueger lo sucedió, pero su enfoque al tratar con el país fue diferente, evidenciando menos paciencia.









